Debatamos sobre las caricaturas de Mahoma (¿Necesita el islam sus propios Monty Python?)

Publicado en Diario 16

¿Debe prevalecer ante todo la libertad de expresión a la hora de publicar unas tiras satíricas? ¿O bien es preciso valorar las posibles consecuencias del impacto de esas tiras?
A pesar de versar sobre la sátira y las caricaturas, este es un asunto muy serio. Por un lado se encuentra uno de los pilares fundamentales de la democracia, la libertad de expresión, y por otro uno de los bienes más preciados en cualquier sociedad, la paz. No es una cuestión de risa.

En una democracia occidental el asunto parece sencillo: vía libre al autor y al medio. Entendiendo que la vía libre sólo tiene dos límites: la ley y el mercado. Es decir, las únicas violencias que podrán ejercerse sobre el autor y el medio serán las demandas (y su potencial proceso judicial) o el rechazo de compradores y/o anunciantes. Hay que tener claro que en este marco, la propia materialización de la democracia, el Estado, velará para que ni el autor ni el medio sufran daños físicos. Otra cosa es un proceso judicial, una campaña de presión pública, un deterioro de la imagen, la caída de ventas, el desprestigio o la retirada de anunciantes.

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En cualquier caso, estamos hablando de reacciones incruentas. Y puedes satirizar al Rey, al Papa, al Pope, al Presidente, a la Princesa, al General, a la Reina, al Obispo de Gloucester, al Banco Mundial y a todo Dios.

En otro tipo de sociedad, en la que haya una fuerte presencia de fundamentalismos políticos o religiosos o con formas de Estado totalitarias, las consecuencias pueden ser diferentes. El fundamentalismo y el totalitarismo ponen, por definición, objetivos distintos al derecho a la vida, a la libre expresión o a un juicio justo, en la cabecera de su lista de prioridades. El fundamentalismo y el totalitarismo, también por definición, soportan, además, muy mal la sátira y la caricatura. No la toleran. Temen sus efectos. La sátira y la caricatura pueden hacer de lo absoluto y lo temible, de cualquier Gran Poder, objeto de risa. Y, con ello, desgastan su fuerza y muestran algunas grietas que quizá permanecían invisibles. Se trata de un desgaste leve, pero pocas montañas caen partidas por un rayo, la mayoría se desmoronan producto de la erosión. Fundamentalistas y totalitarios son conscientes de ello, saben que, cuando los chistes se hayan extendido y las caricaturas corran de mano en mano sin temor alguno, su montaña se estará pulverizando.Por eso se rasgarán las vestiduras en las peanas públicas, sean cuales sean, y movilizarán a sus fieles. Lo harán porque un fundamentalismo o un totalitarismo siempre necesita tener a sus fieles movilizados -la propia movilización forma parte de la liturgia- y porque esa movilización supone una exhibición de fuerza que amedrenta tanto los disidentes, reales o potenciales, como a los enemigos. Un fundamentalismo o totalitarismo tiene, por definición, enemigos (si no tuviera, se los busca).

En tal estado de cosas resulta inobjetable la posición del caricaturista, del humorista, que se juega la propia vida creando o divulgando ciertas sátiras  desde dentro de una sociedad fundamentalista o totalitaria. Todos debemos apoyarle y ser solidarios con quien se trate, autor, medio o soporte.

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Ahora bien, en este planeta sin distancias para la comunicación en el que un archivo va de Singapur a Valparaíso en un instante o un vídeo realizado en Tokio se ve en una calle de Durban 5 minutos después de su emisión ¿cómo valorar el impacto que una imagen satírica realizada en el contexto de la garantía democrática tendrá en una sociedad distinta agitada por el fundamentalismo? ¿Merece la pena que una revista editada en París contenga viñetas que pueden generar pérdida de vidas en una revuelta en Teherán, Islamabad, Trípoli o El Cairo donde las garantías para la expresión no son en este momento las mismas que en París? ¿Cabe la posibilidad de que esas mismas revueltas y movilizaciones se hubieran producido de todas maneras y con parecidas consecuencias utilizando otro pretexto en lugar de unas viñetas o una película concretas? ¿Es necesario que el autor o el medio se pongan unos filtros en función de la sensibilidad fundamentalista del tema tratado en cualquier punto de la Tierra? ¿Dónde establecer los límites a la sátira en este planeta en el que casi ha desaparecido el concepto de “publicación clandestina” ya que cualquier contenido se divulga universal e instantáneamente? ¿Hasta qué punto ha de sentirse el viñetista occidental responsable de lo que su obra cause en otro contexto? ¿Y, si ha de sentirse responsable, también ha de sentirse orgulloso de los posibles efectos beneficiosos que eventualmente pudiera generar? ¿Es todo esto una “pera mental” para permanecer todo lo al margen posible de un tema complejo y cruento?

Publicado en Diario 16

Ninguna sociedad está libre de totalitarismos o fundamentalismos. Los padeció o los está incubando. Llamémosle integrismo católico o luterano, nazismo o estalinismo, franquismo o maoísmo, o cualquiera de las otras formas de limitación de las libertades y derechos que recordéis. Por eso ninguna sociedad debe arrogarse una superioridad ética, moral o política esencial sobre otra comunidad. Sólo cabe ayudar a los demás y permanecer alerta sobre los propios ramalazos fundamentalistas.

Las preguntas están hechas. Y el debate abierto. Debatamos.

(Aunque teniendo claro que, si Mahoma no se acerca a la caricatura, la caricatura se acercará a Mahoma)

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2 pensamientos en “Debatamos sobre las caricaturas de Mahoma (¿Necesita el islam sus propios Monty Python?)

  1. Pingback: Nuestra viñeta de El Jueves reza sobre las nuevas caricaturas de Mahoma (con perdón) | Asier y Javier,un blog de risa

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